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El lienzo quedó sin pintar

Y la cumbre al final permitirá que la habite uno solo, pero para eso aún falta camino por recorrer.

En la mesa uno, el duelo fue brutal, la unión de hermanos quedo en la vereda, fuera del salón, a un costado de la llama que ardía en el tablero.

Uno derecho, el otro zurdo.
Uno con alma de pianista, el otro con el pincel como una extensión de su mano.
Uno de barba, el otro lampiño.
Uno de lentes, otro aún haciéndole esquives a las presvicias del almanaque.





Uno más sólido en su juego, el otro todo fantasía.

Hubo quienes  creían que en el apretón de manos con que se iniciaba la partida, se sellaba una suerte de pacto, de división de favores, de reparto sublime, de sentir que si una unidad era el botín, medio y medio podía estar bien.

Cuanto error hubo en esa premonición.

Si el ajedrez es un juego de guerra, ellos lo tomaron como tal.

Y marcaron un hecho que ya muchos querían afirmar si tenía antecedentes: dos hermanos jugando en la mesa uno de un torneo?
Será que fue por vez primera?

Quien nos ayudará para poder tener la certeza que este encuentro fue único o en el pasado ya se dio algo similar.
Los que peinaban canas en el salón, hicieron memoria, creen que puede haber existido, tiraron nombres, pero no se jugaron con certeza en ninguna afirmación.

Lo cierto fue que cuando el reloj osaba pasar por las 23,
cuando aún restaba una hora para que la vida del día miércoles se convirtiera en historia,
sus manos volvieron a estrecharse,
 la lucha quedaba a un lado,
 el cariño de hermanos renacía nuevamente desde sus rostros,
 y  si se afinaban los oídos,
una tenue música de alguna composición sublime parecía nacer desde el tablero.


Todos los detalles de la ronda pulsando aquí.

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